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¿Es mejor dar elogios a puerta cerrada?

  • Published in Top Management
Cuando se trata de los elogios, los expertos están equivocados: casi nunca se deben dar en público. Foto:managementjournal

En cuestión de elogios, los expertos están equivocados: casi nunca se deben dar en público.

Hace poco yo estaba en una reunión privada con un jefe ejecutivo y algunos de sus subalternos. Antes de que comenzara la sesión, él se volvió hacia uno de ellos y dijo: “Excelente trabajo en xyz. Diste en el clavo. ¡Bien hecho!”.

Así es exactamente como se supone que se dé un elogio. La acción fue inmediata, especifica y se realizó en público.

Miré al hombre que acababa de ser elogiado y me lo imaginé algo crecido. Entonces miré a los otros en la mesa y me los imaginé encogidos. Con frecuencia he observado este efecto. Si uno contempla las caras de periodistas cuando a un colega se le dice que su último artículo fue una maravilla, pretenden tomarlo con calma y hasta logran balbucear su acuerdo sobre cuán brillante era dicho artículo. Pero si los miras cuidadosamente puedes ver una ligera arruga alrededor de sus bocas, como si acabaran de chupar un limón.

Cuando se trata de los elogios, los expertos están equivocados: casi nunca se deben dar en público. Un elogio es una substancia peligrosa y corrosiva que tiene un efecto poderoso y positivo sobre la persona a quien está dirigido pero es preferible administrarlo a puerta cerrada.

Siempre he sospechado que ese es el caso pero ahora hay datos que lo comprueban. Según un nuevo estudio, el daño colateral infligido por el elogio es aún peor de lo que pensaba. Los espectadores no sólo se ponen en contra de la persona elogiada, instantáneamente sienten aversión hacia la persona que da el elogio. Envidian a quien lo recibe y resienten a quien lo da.

El estudio proviene de Elaine Chan y Jaideep Sengupta, el mismo equipo que produjo una de mis revelaciones empresariales favoritas de todos los tiempos. Hace un par de años probaron que no existe tal cosa como demasiada adulación. Aun si sabemos que no es sincera, seguimos saboreándola voluntariamente, por grande que sea la porción se nos sirva.

Ahora se han dedicado a estudiar los efectos secundarios de la adulación sobre espectadores inocentes. El estudio, que será publicado en el Journal of Consumer Research (Revista de Investigación de Consumo), describe un experimento en el cual a cientos de estudiantes se les dijo que se imaginaran en una tienda de ropa escuchando a un asistente decirle a otro cliente que lucía fabuloso.

Se les pidió primero una respuesta inmediata y después una más considerada. Las reacciones viscerales fueron negativas, mientras que las más consideradas, es decir, las aptas para el consumo público, un poco menos. Aún más revelador fue el hecho de que entre más cercana era la relación del estudiante a la persona halagada, mayor era la envidia.

El paralelo con la oficina es evidente: si escuchas a alguien de otro departamento siendo adulado probablemente te quedarás impasible, pero si la persona sentada a tu lado es halagada por el jefe, el efecto es más o menos como beber ácido.

Esto significa que la mayoría de los gerentes se equivocan en grande. Se les ha enseñado que una función importante de sus cargos es andar por la oficina dispensando elogios por doquier. Piensan que están celebrando debidamente el éxito de algunos y motivando a otros a esforzarse. Lo que hacen en realidad es crear resentimiento y volverse profundamente impopulares.

Igualmente, todas esas tácticas amadas por los “buenos” empleadores, como escoger el empleado de la semana o escribir perfiles celebratorios en los boletines de la compañía, hacen más daño que bien.

Se podría decir que no importa si el elogio público causa dolor a egos frágiles con tal de que impulse a todos a esforzarse. ¿Pero es ese el resultado? La respuesta es variable.

Según el psicólogo Niels Van de Ven, hay dos clases de envidia. Hay envidia benigna, que nos motiva a ser mejor que la persona que envidiamos. Y hay envidia maliciosa que nos motiva a hacerle algo abominable.

En el experimento, la envidia benigna resultaba cuando los estudiantes creían que el halago era genuino. En ese caso, su efecto fue positivo: muchos estudiantes dijeron que era probable que se compraran ropa más cara para tratar de lucir fabulosos al igual que el cliente elogiado.

Pero mi conjetura es que en la mayor parte de las oficinas la mayoría de la envidia es de la clase maligna. Aun si el elogio es merecido, necesita percibirse como merecido para tener un efecto benigno. La naturaleza humana es tal que éste no es generalmente el caso.

El mejor texto de gerencia sobre este tema es la serie Horrid Henry [Enrique el Horrendo] para niños. Los elogios interminables que recibe Perfect Peter [Pedro el Perfecto] ni por un segundo motivan a Horrid Henry a esforzarse por ser amable. En vez, le hacen ir más allá para inventar algo realmente malévolo para atormentar a su hermanito.

Fuente:elfinanciero

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